jueves, diciembre 01, 2011

Carta para un Amigo

Amigo, hermano, compañero, hace un tiempo no nos hablamos. Las cosas acá van bien, ya sabes, sigo jugando a ser grande, pero ya no tengo quien me lo crea tanto.
Buenos aires tiene eso de andar detrás de uno como si quisiera atraparle. Sé que te irritaría con facilidad su transporte desbordado y caluroso, su dolor evidente en la cara de los cirujas y los niños que fuman basura para olvidar el hambre y la soledad.
Ando con eso de extrañar con angustia, con intranquilidad. No duermo pensando en las ganas de pasar la noche con un cajón artesanal, una guitarra, varias cajas de cigarrillos y una botella de pisco barato, cantando revoluciones que nos hemos prometido con la inocencia rebelde que nos caracteriza.
¿Te andará tratando bien la vida, amigo? No dejes que te desgaste el corazón con su velocidad, con su inestable andar, con sus ganas de hundirnos en comodidades baratas usando el consuelo de la mayoría. Hay más rebeldía en tu futuro, que en los discursos arqueológicos de los partidos tradicionales obsoletos y desgastados por la incompetencia y las fuerzas incontenibles de la historia. Una historia que no ha terminado, pero sin duda, nos ha determinado.
A esta hora, probablemente, una pareja de amigos escala roqueríos para volver a casa tras una noche de adorables conversaciones, de recuerdos imborrables, de promesas que la vida les impedirá cumplir. La ciudad estará hermosa, jodida y radiante, como la recorrimos incontables veces, la mayoría de ellas... borrachos.
No te angusties, hermano, para ver a quienes amamos en las manos de otro destino tenemos que convertirnos en constructores de destino. Sabes, más que nadie que cuentas conmigo, lucharemos contra los avatares de la cárcel que nos construyeron, con nuestras vidas si es necesario.
Me alegra que tengas con quien caminar este despoblado trayecto. Me llena de felicidad que tengas con quien endulzar los días terribles y grises. Somos necesidad de otro, y una necesidad correspondida, sincera y respetuosa, libertaria y rebelde, es siempre el mejor antídoto para curar la parálisis y el virus del miedo que difunden los defensores del terror y la explotación.
Que el antídoto no se convierta jamás en enfermedad.
Se agranda la familia y, con ello, las alegrías. Que ganas de compartir con ustedes este hermoso momento. Imagino la felicidad, aunque también las nuevas dificultades, que traerán estos procesos en casa. Mis más sinceros deseos para todos.
No desistas, compañero. Ni ahora ni nunca. Cuento contigo. Podrán cambiar las trincheras, las formas y los métodos, las armas y las responsabilidades, pero jamás aceptaré una retirada como respuesta. No permitas que yo lo haga. "Si avanzo, sígueme. Si me detengo, empújame. Si retrocedo, mátame".
Que los días que tengan que venir abran ventanas a la esperanza y a las alegres rebeldías.
Gracias por todo, hermano.
Más temprano que tarde veremos renacer la flor de la dignidad en el corazón de nuestro dolido pueblo. Y si un mal día llega de sorpresa el conformismo y el temor a nuestra casa, siempre habrá quien nos recuerde quiénes fuimos y en qué creíamos.

Un abrazo transcordillerano, hermano
Cuida nuestros sueños en mi ausencia. Volveré pronto para conquistarlos.

jueves, marzo 31, 2011

El Desastre Maravilloso

Deseosa de sangre, la monstruosa ciudad desgarraba las pocas ganas que le iban quedando de sobrevivir a los que juntan las sobras, entre mierda y escombros, para encontrar un resto de las posibilidades que les quitaron a las generaciones que venían hace siglos y a las que vendrán, más vale que no por mucho.
Deseosa de desastre, la divina ciudad apabullaba a los amantes que se escondían tras los portales oscuros que iban a dar a las plazas pobladas de niños cenando bolsas con pegamento para distraer al hambre, al miedo, a la desolación, a la miseria.
Hambrienta de desorden, la tormentosa ciudad aglutinaba millones de habitantes agotados antes de levantarse en un vagón que se arrastra bajo tierra, compartiendo la misma cotidiana angustia de saber que no viven en el mundo que quieren, soñando con playas que cruzan la cordillera, con el Caribe, las Canarias y los años dorados de la nación, donde parecía todo más sencillo, antes de pincharse la burbuja en que habían sido consumidos por sus dueños.
Hambrienta de ruinas, las maravillosa ciudad veía salir de entre las sombras la malnacida inseguridad, reprochando culpables desconocidos que vienen siempre del mismo lugar que han venido los que nos trajeron hasta acá, los mismos.
Sedienta de lágrimas, la indomable ciudad veía tumultos de soledades cruzarse en las calles sin mirarse, sin sentirse, sin amarse. Ausentes en sí mismos, la ciudad miraba impávida su transformación en un lugar de desencuentro, de distancias, de inconexiones.
Sedienta de sueños, la deslumbrante ciudad contenía la respiración por momentos para no dejar entrar el aire, para acalorar al caminante, ensordeciendo su caminar, alterando su camino, en una sinfonía espantosa de vehículos motorizados que navegan sin control, desenfrenada carrera hacia ninguna parte que tiene por rutina el originario.
Y no me creerías si te cuento que, así y todo, son incontables los rayos de luz que asoman por la ciudad, por la escueta ventana que alumbra de esperanzas nuestro mañana.
El desastre maravilloso llena por momentos su interior de los más coloridos acordes de sinceridad, de solidaridad y de encuentro que puedas imaginar.
Mujeres y hombres de todos las razas confluyen a conmemorar las alegrías de la fraternidad en reducidos espacios que abren puertas y ventanas a vientos que renuevan el clima del burgo moderno.
Que cada mañana es una lucha contra la ciudad se convierte, a la larga, en un aliciente de fortaleza, de la destreza social del individuo de descubrir y descubrirse en un proceso dialéctico imposible de contener, que puede (y debe) generarnos resultados favorables si aún seguimos en pie.
Ahora que recordamos que estamos acá, a veces sin estar, es tiempo de recordar también que estamos vivos. Tan vivos como este desastre maravilloso nos da la oportunidad de demostrar.

P.d. : Hermosa, si te vienes a este lado del río, se rompe el maleficio y la ciudad se inunda de nuestro incontenible amor. No esperes a que el monstruo nos convierta si, bien sabemos, aún tenemos muchas posibilidades de transformarlo nosotros.
Y qué afortunadas las luces que te observan de noche en el litoral, que te ven huir hermosa e incomprensible a tu guarida, radiante como sólo tú sabes estar.
Quizá no sea tarde para escapar al sur y rendirnos a la tranquilidad de nuestro abrazo.

viernes, septiembre 17, 2010

Y en las calles, los mismos

Hace un tiempo que no nos hablábamos. ¿Me recuerdas?. Sigo siendo el mismo, ¿sabes?. Bueno, esta bien, el espejo siempre nos ha traicionado, pero estamos cargados del mismo corazón que nos trajo hasta aquí.
El mundo es una pesadilla y, a ratos, también yo he sido tan feliz. Agobiado por la ternura con que se dibujan tus labios allá lejos me escondí para escribirte una canción. Allí también sigo estando, no todo esta perdido. Y cada día me tropiezo con más dudas, las antiguas certezas parecen irse desvaneciendo en la interminable ruta del olvido. En las calles los mismos. Nacer, crecer, triunfar, y evitar ser olvidado a la muerte. Lo único que ha cambiado el orden de las cosas es la tasa de interés, la inflación y el material del que está hecho el dinero estos días.
El pueblo de esta región se puso a celebrar cosas que no entendemos, digo, doscientos años atrás los mismos de hace cuatrocientos, ochocientos y del principio de los tiempos, se reunieron para decir qué hacer con su poder. Y el otro siempre ha sido el mismo. Y en las calles los mimos.
La invisibilidad del enemigo, la tergiversación y el control absoluto de los sistemas masivos de comunicación social, la desorientación inyectada en la sangre del individuo social en forma de racismo, clasicismo, consumismo, patriotismo y odio xenófobo, ha sido el camino por el cuál nos han transportado miles de años los mismos que cambian de nombres, rostros y mentiras, pero que huelen a deshonra, abuso y cinismo.
La ironía es que siempre hemos podido bajarnos de este tren. Siempre ha estado en nuestras manos la posibilidad de saltar, de no quedarnos inmóviles al borde del camino. Siempre hemos sido, quizá no los únicos, pero los mayores culpables de nuestra cómoda agonía, de nuestra incipiente derrota. Siempre. En las calles los mismos. Doscientos años y en las calles los mismos. Doscientos años y la misma batalla perdida, empanada y vino tinto para celebrar la derrota. Fernet y asado, pisco/sour, tacos, medio y medio, mojito, bbq. En todos los idiomas los muertos vienen del mismo lugar y su tumba ha sido cavada por las mismas manos. No hay mausoleo para quien no tenga con que pagarlo. Y en las calles, los mismos, siempre y para siempre los mismos.
Pero siempre, también, hay luz al final del camino.
Nosotros los nadie, los ninguno, inevitablemente, mucho más temprano que tarde, despertaremos del letargo para construir de cada calle una alameda por donde pase la mujer soltera, el homosexual, el indígena y el otro que siempre ha sido nada, para construir un mundo, en donde quepan todos los mundos.
De lo contrario, en las calles los mismos... para siempre.


P.d.: Marina, si lees ésto, es porque no te olvidaste de este pequeño proyecto de ser humano en progreso. Te dejo un saludo especial. Dicen que el criollismo nacional se liberó del yugo español hace doscientos años. Yo no entiendo cómo se explica que hace doscientos años la corona española no controlara ni un cuarto de los ingresos y la fuerza de trabajo que posee la banca y el empresariado en el territorio, en la actualidad.
Te dejo un abrazo solidario, que son los pueblos y no las banderas a las que nos debemos aferrar con la piel y los huesos, y les envío el mejor de los deseos en este momento en que quieren hundir en el fango a mineros y trabajadores del sector terciario, y encubrir la miseria que el pueblo ha salido a denunciar a las calles todo este año, con trofeos mundiales y mentiras que se apoderan de la televisión. A no cerrar los ojos, a no taparse los oídos. Rendirse, jamás.

P.d.2: Mujer, si te dejas el vestidito floreado el húmedo litoral de tu país nos hace la revolución esta noche. Sólo no te olvides de dejarme un ladito en el turbulento corazón que quiere escapar de tu pecho, que el mío esta a punto de tirar a muerto en la calle uno de estos días si no te vienes a salvarme.

jueves, julio 15, 2010

Desfile De Antifaces

Ya hace tiempo que asistí disfrazado
a unas mascaradas que fui invitado
modelé antifaces tan coloridos
como los tonos de los vestidos
que usaba a diario como disfraz
para verme tal como los demás.

Para verme como querían mirarme
ponía a mi silueta cualquier alarde.
Como era galante el hombre floral
me adorné las ramas muy natural.
Para el que me vio parecí normal
en esos desfiles de carnaval.

Entre las parejas que iban
girando un día le encontré.
Bella como media luna
que alumbra al oscurecer.
Convidé a la danza
a la dama luna del antifaz
que ella usaba para
que se pensara, que era su faz,
pero al descubrir su semblante
nada hallé detrás.

Me asusté al mirar su cara vacía,
dijo así son todos ,¿no lo sabías?
Con un gesto dulce mas que elegante
mi luz nocturna se hizo menguante
luna que al fin desapareció.
Al amanecer de mi comprensión.

Fui a buscar a aquel que he llamado amigo.
Bajo el antifaz nadie hallé conmigo,
Busqué entre las poses, los comediantes,
entre los diestros y principiantes
que actúan al rostro del soñador
y ese rostro sólo lo tenía yo.

De entonces a acá
me despojo a diario del antifaz,
que hizo la costumbre
de un maquillaje tan pertinaz.
Como la canción desenmascarada
me muestro a aquel,
que acaso no gusta de lo que
mira cuando me ve,
o hasta se incomode si no ve a nadie
dentro de él.

Ahora ya no voy desenmascarando
cuando encuentro que alguien
se emboza actuando.
Cuando engañan en su felicidad
sólo veo remedos de humanidad.
Lo que podrían haber sido y no son
entre vanaglorias y compasión.

Lo que soy yo mismo no puedo verlo
lo que veas de mí, no puedo esconderlo
ni siquiera cargo con mi armadura
el que pueda herirme hallará en mi hechura
sangre mestiza sin condición,
que mantiene abierto mi corazón.
Fernando Delgadillo

martes, abril 20, 2010

Carta a España

Marina, primero que todo... muy linda historia. Es un agrado volver a leerte, siempre lo ha sido.
Por otra parte lamento no haber contestado antes. Las cosas andan mejor, pero eso no significa que anden bien.
Grandes empresas y los dueños de este país han usado (y están usando) la excusa del terremoto para seguir dándole migajas a los que nunca tuvieron pan, y como nací en tierras de memoria frágil, el pueblo hambriento y destruído sigue sin despertar.
Como sabes (y si no, te cuento) soy estudiante de sociología, y estas situaciones horribles han demostrado la fragilidad de los patrones morales en los que sustentábamos todas nuestras teorías.
El desastre a mostrado lo mejor que tenemos... y lo muy poco que nos queda. Como decía Galeano, "esos que no tienen manos, sino brazos y que valen menos que la bala que los mata" han quedado al descubierto en una suerte de miseria de la que era muy sencillo teorizar, si hubiésemos entendido antes que lo que le faltaba no eran casas sólidas, sino un lugar digno para vivir, que no necesitaban escuelas, sino educación comprometida y de calidad.
Podría decirte que nos estamos levantando, que todo parece ir viento en popa y solo falta reconstruír casas y edificios, pero la verdad es que desde que truncaron los sueños del país cuando le quitaron la vida al presidente Salvador, aquel funesto 11 de septiembre del 73', parece ser que nos estamos hundiendo.
Espero que sirva de consuelo recordarte que no descansamos, y que estaremos presentes en cada uno de los que ofrendan los sueños y el corazón por un lugar mejor para vivir.
Victor Jara decía que el derecho de vivir en paz es un canto universal, que no tiene idiomas, no tiene fronteras, y debemos hacer que su canto no se apague jamás.

Te mando un abrazo solidario, y lamento no haber podido responder con anterioridad. Espero que disfrutes (como ya lo haces) los destellos de luz que nos regala la vida en el tunel oscuro en que nos han metido los que adoran a la muerte, y contar contigo cuando haya que construír un nuevo país, un nuevo continente, un nuevo mundo...

Saludos desde un puerto chileno...

lunes, diciembre 21, 2009

Argentina ( II Fronteras )

Prometí contarte. Sé bien como lo sabes, cuanto lo sabes, pero no deja de ser una promesa, ¿cierto?.
Rayando en mapas que nos parecen tan ajenos en la cartografía universal, allí estaba yo, ¿te acuerdas?. La ciudad haciendo pausa, desconfiada, como te conté, me observaba desde mi escondite en el terminal. Pedí refugio en mi compañero de viaje y de sueños (que a esa altura, encontrarlo otra vez y aceptar su invitación a un café no parecía más que una reunión de viejos amigos que acababan de reencontrarse).
Seguimos con un poco de lo mismo.
-"Che ¿y cómo anda la economía chilena?. Sí, sí, viste que te vas a encontrar con algunos que se asumen Carlitos Gardel, pero andamos bien. Yo no sé que pasa, que están todos locos!" - Me contaba el hombre, gesticulando así, como sólo lo hacen los argentinos.
Mi chaleco y mis pantalones largos supieron de golpe que no eran el atuendo santafesino de la fecha. Empezaba a sentirme incómodo.
Cuarenta minutos y mejor salgo a buscarte, quizá ya estás lista. Y es que yo pensaba que demorarías horas en aparecer y ya me estaba acostumbrando a la agradable compañía del viajero amigo.
Y cuando empezaba a creer que te habías olvidado un cuerpo perdido en la ruta, al mejor estilo hollywoodense, de entre el tumulto agobiado por el calor y la rutina, te apareces rompiendo el aire con el vestidito floreado que te hace quedar los ojos hermosos y la sonrisa irremediablemente coqueta.
Torpe y lerdo como siempre, con una risa estúpida y con mis ganas en tus labios, me acerqué a tí y me quedé millones de eternas milésimas de segundos reencantado de tu silueta, haciendo caso omiso de mi impresentable condición, absorto en tu hombro descubierto y en el aroma que poco a poco...
-¿Vamos?- Interrumpiste...
Abracé a mi compañero como sabiendo que había sido un gusto para ambos (o como sabiendo que no volveríamos a hablar) y subimos al taxi que nos condujo a tu casa.
De ahí en adelante: Dale, rompamos el hielo que el tiempo cuajó a punta de vanalidades.
-¿Que tal el viaje?. Que clima de mierda éste!. Ayer salimos con las chicas y.... (ya sabes, eso que haces cuando no quieres callar para ocultar tu timidez).
Y luego todo espectáculo, todo cine, todo amor, todo tú y yo, todo cuánto nos debíamos, todo de vuelta al nosotros que había quedado en pausa desde aquella última vez.
El clima, no muy contento de mi visita, azotaba la ciudad sobre los 35º, y sé que era para reírse de mi, deshidratado y rogando por mi vida tras el ventilador.
Tú, que despertabas con el sol y yo que te veía volver por las tardes todavía hundido en tus sábanas, a regañadientes me besabas y, cuando el calor no intentaba asesinarnos, me tomabas de la mano para mostrarme un poco de la historia de aquella oscura ciudad que te había apadrinado.
De fronteras ficticias nos han llenado los libros de historia (sobretodo latinoamericana), las cátedras positivistas y tradicionales del progreso y la economía, el dolor de los que nunca tuvieron nada siquiera para entenderlas, para cruzarlas, para romperlas. Y de historias, tristes y con vientos que soplan siempre desde abajo, se han llenado todos los corazones que no pueden leer tales enciclopedias, no pueden respetar tales doctrinas y tienen ansias de cruzar, de romper, de lograr.
Como aquella historia que me contaste, que no conocía por andar pensando yo que el mundo estaba tan lejos y tan solo... tan, tan equivocado, como siempre.
Capturaba cada imagen que mis ojos y mi corazón admiraban, presionando desesperado el botón de mi cámara y tú sonreías por mi manía a congelar cada rayado que en Santa Fe me daba la bienvenida... fruto del único artista que tiene las manos del campesino, del proletario, de la madre soltera, la mujer golpeada, y el rostro del hambriento, que no tiene rostro, que nunca lo ha tenido. Y es que, como citara tu querido Marcos, "un muro sin grafitti es como un barquillo sin helado".
En eso estaba yo cuando quedé hipnotizado con un hermoso dibujo de un ángel chiquito que parecía volar sobre una bicicleta, rompiendo el gris del edificio con su sombra inquieta.
-Claudio Lepratti, "Pocho" Lepratti - Y resumiste en unos minutos una hermosa historia de amor, de entrega y lucha.
Pocho era un joven que se enamoró de la sociedad en la que vivió, de las ciudades que conoció, del ser humano que le cautivó, por el sólo hecho de ser, de estar. Es ese amor el que hace que mujeres y hombres se levanten un día para exigir al mundo un mejor lugar para vivir, lejos del derecho constitucional y consuetudinario, y mucho más cerca del derecho moral inalienable que cada ser humano posee y ha olvidado (o nos han ocultado con venerable talento).
Como sabemos, a fines y/o principios del milenio, el egoísmo y la ambición tomaron cartas en Argentina para invadirla y el proyecto resultó como se esperaba. Quienes más tuvieron antes, volvían a tenerlo todo. Quienes no tenían nada, perdieron su ficticio derecho a conseguir algo.
En este clima de terror, de desamparo y desigualdades inmorales, Pocho (como tantos otros incansables luchadores) tomaba su bicicleta todos los días para participar como ayudante en la "Cocina centralizada" o los comedores donde los chicos más pobres recibían el alimento que el gobierno y los bancos les negaban (entre otras varias actividades que Lepratti realizaba).
Dicen los que estuvieron ahí, los que conocen a alguien que conoce a quien estuvo ahí, que un mal día el demonio mandó a sus perros policías tras las oleadas de gentes que se apostaban en las escuelas y las villas desdichadas, y comenzaron a disparar hacia el lugar donde los muchachos se refugiaban del temor. Pocho, en un acto de amor y entrega impagable, ofrendó la voz y la vida cuando, tras subir al techo del recinto, les gritó a los uniformados algo así como: "No disparen, que hay pibes comiendo!!!" (frase que inmortalizara León Gieco en una canción años más tarde).
Como el perro es un animal fácil de amaestrar y recibe órdenes sólo de su dueño, el policía disparó su escopeta apuntando hacía Claudio, quien recibió un proyectil en la garganta y murió más tarde a causa de la herida y la vergüenza del mal de Caín.
Casi como un acto instantáneo, desde la provincia de Santa Fe, por todas las ciudades se propagó la historia y es hoy un símbolo de la memoria y de la resistencia. De trabajo de hormiga, del hacer con cada uno y por cada uno, de la lucha del pueblo contra el odio, contra el olvido, tal y como nos enseñaron sus compatriotas muchos años antes... las madres y las abuelas de la plaza de mayo, la agrupación H.I.J.O.S., como recordamos en Chile con la agrupación de Familiares de DD.DD. (Detenidos desaparecidos), la Asociación Justicia y Verdad Madre Tierra en Paraguay, el Movimiento "los Sin Tierra" en Brasil, tantos, tantos y tantas partes, que son como Pocho Lepratti, como el ángel de la bicicleta, ángeles en contra del olvido, del silencio, de la injusticia y la desigualdad... Nunca creí tanto en los ángeles como cuando lo ví, por primera vez en mi vida, pintado sobre un muro santafesino...

¿Sabes lo más hermoso de la historia? Pocho llevaba alas pero no dejaba su popular bicicleta y yo... que no llevo alas, traía a un ángel de la mano...



Que no nos digan entonces, mujer de incansables luchas que te cubre nuestra cordillera, que son kilómetros en suma lo que nos dividen, pues de fronteras ficticias hemos sido separados y por reconstruír un mundo donde todos los mundos sean posibles, la misión primigenia es el encuentro, y no por oposición, nuestro encuentro, nuestro irremediable encuentro.
Y si llegara un mal día el olvido a nuestra casa, tenemos ángeles sin fronteras que nunca dejan de luchar, y moriremos, si es necesario, para que ellos nos sigan recordando.

martes, noviembre 03, 2009

Argentina. ( I El Viaje )

Perforamos la cordillera a eso del medio día. Viejos paisajes, nuevas historias.
Estaba hermosa, sabes? El sol abrazaba los andes y caían de las alturas riachuelos violentos de nieve derretida que iban a dar a la maltratada carretera que nos une.
La aduana nos delata, nos recuerda que vale más el papel que la sonrisa, pero tuve tiempo de escapar y de capricho puro compré una caja de los cigarros que hechaba tanto de menos. Me acordaba de las veces que disfrutamos con buenos amigos su sabor, y me comprometí a llevarles de regreso.
Uspallata nos recibió del otro lado de las montañas, es un pueblito cariñoso y cordial. Tiene las mismas penas que Requinoa, que Rengo, que Pelequén. Los mismos brazos y pies cansados, la misma cara de necesidad de jubilación adelantada, las mismas maños de uñas cortas con tierra y maltratadas por el trabajo monótono y forzoso de la tierra. El mismo corazón sucio que pesa en todo el trabajo latinoamericano.
El sol dejó de ser aliado mío ya trascordillera, pero en Mendoza era un enemigo a muerte. Golpeaban 38º y yo extrañaba de sobremanera mi vientecito marino, mis playas porteñas. Buscaba, como siempre o como todos los que nacimos de ese lado, algún cerro amigo que me recordara el hogar, pero nada. Aquí dicen que Dios es argentino, y debe ser porque un día se quedó dormido sobre esta tierra y la dejó plana y llena de granos que comer.
Di tantas vueltas como pude en el terminal, que me convencí de comer.
-Una milanesa completa- Le dije al muchacho- Que me miró como diciendo: "Che! ¿y te la vas comer solo?"
A propósito, nunca entendí para qué era el limón, no pintaba bien (al menos para mí) ni con los huevos fritos, ni con las papas, ni con la milanesa. Así que lo dejé a un lado (Y bueno, ¡pecado de turista!)
Hora de seguir viajando y este no se veía nada bien. Trece horas no parecen gracia.
Tres horas de viaje y a la segunda parada (San Luis, si no me equivoco. Terminal muy parecido al de Valparaíso, por cierto) Un hombre, que viajaba conmigo, en los dos primeros asientos, se me acerca y me dice:
- Che, flaco. ¿Vos de dónde sos?
- Valparaíso, Chile- Dije yo, con aires de independencia inflando el pecho.
- Y qué osados que somos ambos- Dice para entrar en conversación.
- ¿Por qué?- Le pregunté confuso.
- Porque si el bus tiene un accidente, seremos los primeros en morir. ¿Viste que nadie quiere comprar estos asientos de adelante?
Me reí medio extrañado, y es que no es una de esas tradicionales formas de entrarle a uno a conversar, digo. Al menos no en mi país.
En Chile te dirían por ejemplo: "Viejo, ¿Me dices la hora?" ó "¡Que frío que hace hoy!" ó "Flaco, ¿Tienes fuego?".
Y bueno, comenzamos a conversar.
Trabajador esporádico de difícil vida, de pérdidas familiares recientes, de locura particularmente encantadora. Lector empedernido y autodenominado "anarquista" cuando, según él mismo, dejó de creer que era "compartimentista" (De todas maneras, un tipo muy sencillo, de grandes sueños y, al parecer, una muy buena persona)
Hablamos de nuestras diferencias, nuestras similitudes. La trascendental importancia de unirnos, de hermanarnos en esta región tan dolida, tan sangrada (como diría Galeano).
La discusión fue profundizando y nos dimos cuenta de que no somos pocos los que creen en otras alternativas. Que los viejos métodos están gastados pero sólo serían inútiles y obscenos si nos rindiéramos tras el pacífico conducto regular de la conciencia civíl. Que no éramos pocos los que sabíamos que algo (al menos) anda mal en este sistema global, y algo (al menos) debemos hacer por nuestro inherente deseo humano de vivir todos en paz, felices, tranquilos, mejor.
Las 3:30 de la madrugada y decidimos detener la palabrería. Hora de intentar descansar.
Nos comprometimos con el mundo y a generar lazos de información internacional, que nos mantengan mucho más cerca, más de lo que realmente estamos las mujeres y hombres de este continente.
4:39 a.m. y no puedo dormir. Maldito insomnio, Maldito cansancio. Malditos 35º de noche. Y una hermosa sorpresa.
El cielo se puso gris oscuro y empezó a fotografiar nuestro viaje. Un espectáculo alucinante. Años sin ver una tormenta de verdad. El monótono paisaje (y camino) hacia la ciudad de Paraná y mi posición complicada, se transformaron en la primera fila de una de las obras teatrales más impresionantes de la naturaleza.
Miré, por lo bajo una hora, al cielo refusilando. Nunca antes dormí tan bien en un bus durante tres horas.
Y al cabo de unas horas más de despertar me encontré de golpe con la ciudad.
Santa Fe me miraba de frente, con brazos abierto, pero con ojos de desconfianza.
Pero el resto ya los sabes, ¿no?
El resto te lo cuento en otra historia.